Cascarita
Jugarse la vida en una carambola
ー ¿Vos sos Manuel?ー preguntó el Cuervo.
ー Sí, soy yoー respondió el joven.
ー El Gordo Mauro me mandó esto para vosー, replicó el Cuervo, al tiempo que metía su mano en el bolsillo derecho del sobretodo y sacaba, sin prisa pero sin pausa, una navaja.
El intenso brillo del metal pareció ocupar todos los rincones de la oscura sala.
El joven Manuel había hecho una apuesta jugando billar. Y había perdido.
El lugar de reunión de los sábados del grupo de amigos de Manuel, en el Gran Mendoza, era un bar que ya tenía unos años y que los convocaba porque estaba en el barrio: el Sportman, de Villa Hipódromo. La rutina: juntarse después de la cena familiar, disfrutar de unas cervezas (el slogan: “Andes blanca, Cóndor negra”) y despuntar el vicio del billar a tres bandas hasta ver el amanecer de Godoy Cruz. Corría el año 1948.
Entre los extraños que visitaban el Sportman estaba el “Gordo” Mauro, un hombretón de unos cuarenta y tantos, de cara rojiza y brillante, y pelo engrasado. Varias veces había estado en el bar, solo, en una mesa del rincón, aunque no era un parroquiano. Siempre en la misma mesa, siempre solo. Pasaba horas mirando atentamente rodar las bolas de marfil sobre el paño verde. No hablaba con nadie, ni siquiera saludaba. Sólo un “buenas noches, una Cóndor” al mozo.
Una de las veces que estuvo ahí pareció animarse. Había ganado a los burros esa tarde y estaba “dulce”. Se acercó a Manuel y lo invitó a jugar. El Gordo era bueno con el taco y las bolas, pero no lo suficiente como para vencer a Manuel que, además, estaba en una de sus mejores noches.
ー Juguemos por algoー, invitó el Gordo Mauro.
ー No tengo un pesoー, replicó Manuel.
ー No importa, invito yo. Juguemos en pareja contra aquellos dos.
El Gordo propuso, ante la duda de Manuel, que si llegaran a perder, él pagaría la apuesta, por lo que Manuel no tendría de qué preocuparse. El Gordo tenía los bolsillos llenos y una tarde de fortuna, además de la certeza de que, jugando con Manuel, no podía perder.
Manuel era un gran jugador de billar, aunque aficionado. Con sus jóvenes veinte años, lo consideraban uno de los mejores de Godoy Cruz. Antes de pegarle a la bola solía repetir la frase “veremos si sale” que había popularizado “Navarrita”.
José y Tito, otros habitués del Sportman, eran “aquellos dos” que el Gordo Mauro había señalado para desafiar. La apuesta del Gordo era grande, pero la pareja no se achicó. El Gordo Mauro y Manuel ganaron cómodamente. Los perdedores propusieron una nueva partida, esta vez doblando la apuesta. El juego parecía destinado a otro cómodo triunfo de la dupla de Manuel y el Gordo pero, en el que debía ser el tiro triunfal, Manuel le puso tiza al taco y, mientras se inclinaba sobre la mesa para calcular el disparo, con su dedo pulgar limpió la punta del palo. Se acomodó sobre el paño, se agachó, apuntó y… pifió. Le tocó el turno a José, que en tres golpes liquidó el partido.
El Gordo Mauro no podía creerlo. Se quedó unos segundos inmóvil como cuando se sentaba solo en la mesa del rincón a mirar las partidas. Lo miró a Manuel. Del bolsillo del pantalón sacó la billetera y entregó los billetes a los ganadores. Manuel pidió disculpas. El Gordo Mauro sólo atinó a decir “no pasa nada, pibe”. Tomó su sombrero y sin saludar, como siempre, salió del bar.
Después de perder, Manuel siguió jugando con otros amigos. Volvió a jugar con José y con Tito, que también eran sus amigos. Pidieron una Andes y una Cóndor. Con el bar Sportman como testigo, festejaron haber “desplumado” a un incauto: Manuel perdió a propósito y compartió con sus compinches el “botín”, que pronto se convirtió en un gran asado y varias cervezas, a costas del Gordo Mauro.
A Manuel le decían “Cascarita». Se divertía diciendo, en broma, que era “el mejor”, que era “un capo”, y cosas similares, pero todos sabían que no se la creía: era sólo una forma más de juego, era pura cáscara. Era Cascarita. Y aunque por sus habilidades en el billar tenía con qué fanfarronear, lo hacía sólo por diversión. Tenía un gran sentido del humor. Y por eso también era querido en todas partes.
Unas semanas después de haber estafado al Gordo Mauro, Manuel y sus amigos volvían a encontrarse como todos los fines de semana en el Sportman. El Cuervo se acercó a Cascarita y le preguntó:
ー ¿Vos sos Manuel?
El Cuervo era uno de los que asistía frecuentemente al Sportman y conocía a Manuel, aunque sólo por su apodo.
ー Sí, soy yoー, respondió el joven.
ー El Gordo Mauro me mandó esto para vosー, replicó el Cuervo, al tiempo que metía su mano en el bolsillo derecho del sobretodo y sacaba, sin prisa pero sin pausa, una navaja.
El intenso brillo del metal pareció ocupar todos los rincones de la oscura sala.
ー El Gordo se avivó de que perdiste a propósito, que lo jodieron vos y tus amigosー agregó el Cuervoー, y me pagó la misma guita que le hiciste perder en el billar para que te apuñalara… Yo te conocía como “Cascarita”. Si sabía que eras el mismo Manuel, ahí nomás le pegaba la puñalada al Gordo. Vengan, muchachos, invito yo. ¡Mozo: cerveza para todos! ¡Van a mi cuenta!
Basado en una historia real: Máximo Manuel Farias, mi viejo.
