Jugarse la vida en una carambola

ー ¿Vos sos Manuel?ー preguntó el Cuervo.

ー Sí, soy yoー respondió el joven.

ー El Gordo Mauro me mandó esto para vosー, replicó el Cuervo, al tiempo que metía su mano en el bolsillo derecho del sobretodo y sacaba, sin prisa pero sin pausa, una navaja.

El intenso brillo del metal pareció ocupar todos los rincones de la oscura sala.

El joven Manuel había hecho una apuesta jugando billar. Y había perdido.

No hay datos precisos del origen del billar, reconoce la escritora Silvia Martínez en “345 años del billar en la Argentina”, aunque se sabe de una ordenanza de Carlos V “El Sabio” rey de Francia, de 1369, que prohibía varios juegos, entre ellos el billar, aunque él lo practicaba con frecuencia.

En sus inicios, el billar fue un juego de élite. Lo practicaba Napoleón, que jugaba con su esposa Josefina; Eduardo VII de Inglaterra; Alfonso XIII, compañero de juego de su madre la Reina Regente María Cristina; George Washington y Abraham Lincoln jugaban billar. Lincoln lo consideraba “un juego de inspiración, científico, que proporciona un recreo a todo espíritu fatigado”.

Los primeros datos del billar en Argentina aparecen en 1764, cuando se menciona al Café de la Sonámbula, que debía su jerarquía a su mesa de billar. El juego generaba tanta pasión y tanto dinero en apuestas, que el Virrey Vértiz, en 1799, tuvo que reglamentarlo.

En su cuento “La apuesta”, Rodolfo Negri relata que Don Justo José de Urquiza lucía con orgullo su mesa de billar de origen francés. Y que nadie que tuviese el privilegio de ser invitado a visitar su casa se iba sin jugar una partida. Y que debía perder (o dejarse ganar) contra Urquiza si quería llegar a algún tipo de entendimiento con el dueño de casa. Hasta hoy puede verse la mesa en la Sala de Juegos del Palacio San José

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El lugar de reunión de los sábados del grupo de amigos de Manuel, en el Gran Mendoza, era un bar que ya tenía unos años y que los convocaba porque estaba en el barrio: el Sportman, de Villa Hipódromo. La rutina: juntarse después de la cena familiar, disfrutar de unas cervezas (el slogan: “Andes blanca, Cóndor negra”) y despuntar el vicio del billar a tres bandas hasta ver el amanecer de Godoy Cruz. Corría el año 1948.

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El Sportman de Godoy Cruz fue fundado en 1938, explica Exequiel Nacevich en el portal “Ser Argentino”. Si bien el bar reunía mayormente a parroquianos, nunca faltaban extraños, sobre todo los que, atraídos por otro “deporte de Reyes” (las carreras de caballos y sus apuestas, en el Hipódromo de Mendoza), recalaban en el clásico billar para celebrar haber pegado una “fija” o para ahogar las penas con las últimas monedas.

De algunas décadas antes es el histórico café Los 36 Billares, de Buenos Aires. Originalmente instalado en 1884 sobre la calle Corrientes, se mudó a la Avenida de Mayo en 1894, el mismo año de la apertura de esta arteria central de la Ciudad de Buenos Aires. El poeta Federico García Lorca, el periodista Miguel Ángel Bavio Esquiú y el dramaturgo Abelardo Arias dejaron su impronta en el bar. Ángel Domingo Riverol (guitarrista de Carlos Gardel) trabajó en la pintura del bar antes de ser convocado por el Zorzal Criollo. Aún hoy “Los 36” mantiene las centenarias mesas con sus luminarias originales. Para 1930, miles de salas de billar poblaban las principales ciudades del país y, de ser un deporte para pocos, comenzaba su etapa de masificación y popularidad.

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Entre los extraños que visitaban el Sportman estaba el “Gordo” Mauro, un hombretón de unos cuarenta y tantos, de cara rojiza y brillante, y pelo engrasado. Varias veces había estado en el bar, solo, en una mesa del rincón, aunque no era un parroquiano. Siempre en la misma mesa, siempre solo. Pasaba horas mirando atentamente rodar las bolas de marfil sobre el paño verde. No hablaba con nadie, ni siquiera saludaba. Sólo un “buenas noches, una Cóndor” al mozo.

Una de las veces que estuvo ahí pareció animarse. Había ganado a los burros esa tarde y estaba “dulce”. Se acercó a Manuel y lo invitó a jugar. El Gordo era bueno con el taco y las bolas, pero no lo suficiente como para vencer a Manuel que, además, estaba en una de sus mejores noches.

ー Juguemos por algoー, invitó el Gordo Mauro.

ー No tengo un pesoー, replicó Manuel.

ー No importa, invito yo. Juguemos en pareja contra aquellos dos.

El Gordo propuso, ante la duda de Manuel, que si llegaran a perder, él pagaría la apuesta, por lo que Manuel no tendría de qué preocuparse. El Gordo tenía los bolsillos llenos y una tarde de fortuna, además de la certeza de que, jugando con Manuel, no podía perder.

Manuel era un gran jugador de billar, aunque aficionado. Con sus jóvenes veinte años, lo consideraban uno de los mejores de Godoy Cruz. Antes de pegarle a la bola solía repetir la frase “veremos si sale” que había popularizado “Navarrita”.

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Ezequiel Navarra fue un gran maestro uruguayo de billar que se afincó en Buenos Aires a principios del siglo XX. Tuvo tres hijos: Juan, Ezequiel y Enrique, que también brillaron sobre el paño verde. A los jóvenes herederos se los conoció como los “Navarrita”. Aunque todos se destacaron en el juego, dicen que el mejor fue Ezequiel hijo, quien en una famosa exhibición organizada por el General Perón, venció al norteamericano William Hope en 1951, en el estadio Luna Park de Buenos Aires. La tapa de “El Gráfico” con la imagen Ezequiel Navarra hijo junto a “Willie” Hope puede verse en la pared del subsuelo de Los 36 Billares. Juan, el mayor de los hermanos Navarra, disfrutaba de realizar trucos y fantasías, como quitar de la cabeza de una persona una bola con el impacto de otra, sin que nadie saliera lastimado. Antes de realizar su magia, solía decir “veremos si sale”.

Otro notable jugador de billar argentino fue Pedro Leopoldo Carrera, quíntuple campeón mundial. Nacido en 1914 en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, llegó a la cima de este deporte en la primera mitad de la década de 1950. A partir de 1955 sufrió la proscripción de la dictadura que derrocó a Perón y tuvo que mudarse a Brasil. Llevaba siempre un clavel blanco en la solapa del saco. El libro “El hombre del clavel blanco”, de Luis Alberto Venosa, le rinde homenaje.

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José y Tito, otros habitués del Sportman, eran “aquellos dos” que el Gordo Mauro había señalado para desafiar. La apuesta del Gordo era grande, pero la pareja no se achicó. El Gordo Mauro y Manuel ganaron cómodamente. Los perdedores propusieron una nueva partida, esta vez doblando la apuesta. El juego parecía destinado a otro cómodo triunfo de la dupla de Manuel y el Gordo pero, en el que debía ser el tiro triunfal, Manuel le puso tiza al taco y, mientras se inclinaba sobre la mesa para calcular el disparo, con su dedo pulgar limpió la punta del palo. Se acomodó sobre el paño, se agachó, apuntó y… pifió. Le tocó el turno a José, que en tres golpes liquidó el partido.

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El billar de tres bandas consiste en una serie de choques de bolas o carambolas entre una bola golpeadora y dos bolas objetivo. El tirador obtiene un punto si la bola golpeadora impacta tres o más veces sobre las bandas antes de impactar en las dos bolas objetivo, o la golpeadora pega en una o más bandas antes de golpear la primera bola objetivo y luego una o más veces antes impactar en la segunda bola, siempre sumando tres impactos en bandas antes de impactar en la segunda bola. De producirse una carambola, el jugador mantiene su turno y sigue tirando hasta que no pueda realizar una carambola o cometa una falta, como que una bola salga de la mesa.

Pero una “pifia” no es una falta. En la jerga del billar, un “bagre” es una jugada afortunada, generalmente proveniente de una “pifia”. Una partida llega a su fin cuando uno de los jugadores ha completado el número de puntos designados para la partida.

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El Gordo Mauro no podía creerlo. Se quedó unos segundos inmóvil como cuando se sentaba solo en la mesa del rincón a mirar las partidas. Lo miró a Manuel. Del bolsillo del pantalón sacó la billetera y entregó los billetes a los ganadores. Manuel pidió disculpas. El Gordo Mauro sólo atinó a decir “no pasa nada, pibe”. Tomó su sombrero y sin saludar, como siempre, salió del bar.

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El billar estuvo siempre asociado a la nocturnidad, explica Yanina, actual encargada de Los 36 Billares. Los jugadores llegaban por la tarde y se sumergían, casi literalmente, en el subsuelo de Los 36 a jugar. Jugaban hasta el amanecer, casi vivían en ese lugar en el que se jugaba, además, a los dados, al dominó y a los naipes. No faltaban las apuestas y las riñas. Yanina cuenta que, en los años ochentas, un grupo de gitanos habitués de Los 36 solía apostar fuerte, y llegaron al punto de dirimir sus disputas a los tiros. El bar les negó la entrada definitivamente.

En Los 36 Billares se desarrollan torneos nacionales e internacionales. Campeones mundiales salieron de entre sus representantes, como Osvaldo Berardi. En las vitrinas del notable se encuentran algunos trofeos y en el subsuelo hay una taquera que lleva su nombre. Una placa de bronce conmemora a Berardi.

Berardi era uno de los que consideraba a Los 36 como su hogar. Pasaba horas jugando en el subsuelo. Con los años, el bar lo contrató para que enseñe las técnicas del deporte y realice exhibiciones. Yanina explica que, a partir de ese momento, comenzó a representar a Los 36 en los torneos.

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Después de perder, Manuel siguió jugando con otros amigos. Volvió a jugar con José y con Tito, que también eran sus amigos. Pidieron una Andes y una Cóndor. Con el bar Sportman como testigo, festejaron haber “desplumado” a un incauto: Manuel perdió a propósito y compartió con sus compinches el “botín”, que pronto se convirtió en un gran asado y varias cervezas, a costas del Gordo Mauro.

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La familia Zamora, fundadora y actual propietaria del bar Sportman, fue a su vez la dueña del principal cine de la zona, también llamado Sportman, inaugurado en el año 1920.

La industria del cine mostró el lado oscuro de las apuestas en un juego derivado del billar: el pool. En 1961, Paul Newman interpretó a Eddie Felson en la película “The hustler”, un hábil aunque arrogante jugador que estafaba a sus contrincantes haciéndoles creer que está borracho, para apostar y ganarles. Su contrafigura es un gordo: el Gordo de Minnesota, que luce un clavel en la solapa izquierda del saco.

“El secreto de sus ojos”, la película argentina ganadora de un Oscar en 2010, contiene escenas que fueron rodadas en el salón de Los 36 Billares. Paul Newman fue candidato al Oscar como mejor actor por la película The hustler, aunque no lo ganó. Recién veinticinco años después lo obtuvo por el mismo papel: volvió a interpretar a (un viejo) Eddie Felson, esta vez en la película de Martin Scorcesse “El color del dinero”.

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A Manuel le decían “Cascarita». Se divertía diciendo, en broma, que era “el mejor”, que era “un capo”, y cosas similares, pero todos sabían que no se la creía: era sólo una forma más de juego, era pura cáscara. Era Cascarita. Y aunque por sus habilidades en el billar tenía con qué fanfarronear, lo hacía sólo por diversión. Tenía un gran sentido del humor. Y por eso también era querido en todas partes.

Unas semanas después de haber estafado al Gordo Mauro, Manuel y sus amigos volvían a encontrarse como todos los fines de semana en el Sportman. El Cuervo se acercó a Cascarita y le preguntó:

ー ¿Vos sos Manuel?

El Cuervo era uno de los que asistía frecuentemente al Sportman y conocía a Manuel, aunque sólo por su apodo.

ー Sí, soy yoー, respondió el joven.

ー El Gordo Mauro me mandó esto para vosー, replicó el Cuervo, al tiempo que metía su mano en el bolsillo derecho del sobretodo y sacaba, sin prisa pero sin pausa, una navaja.

El intenso brillo del metal pareció ocupar todos los rincones de la oscura sala.

ー El Gordo se avivó de que perdiste a propósito, que lo jodieron vos y tus amigosー agregó el Cuervoー, y me pagó la misma guita que le hiciste perder en el billar para que te apuñalara… Yo te conocía como “Cascarita”. Si sabía que eras el mismo Manuel, ahí nomás le pegaba la puñalada al Gordo. Vengan, muchachos, invito yo. ¡Mozo: cerveza para todos! ¡Van a mi cuenta!

(Basado en «Cascarita», de Marcelo Manuel Farias Segovia)

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