Cicerón

A mí no me interesa la política

«A mí no me interesa la política. No soy de izquierda ni de derecha. A mi la política no me va. Nadie me regaló nada, y menos los políticos: todo lo que tengo lo conseguí con mi esfuerzo.

No me vengan ahora con que hay que elegir de nuevo, otra vez ir a votar. Los políticos son todos ladrones. Se presentan como personas decentes, pero cuando llegan al poder afanan como el peor.

Para mi, a los políticos no habría que pagarles. O, a lo sumo, tendrían que cobrar algo mínimo. No sé, como un maestro, por ejemplo. Eso. Los diputados, los senadores, hasta el mismo presidente tendrían que cobrar lo mismo que un maestro. O un policía. Y ahí sí van a saber lo que es bueno. A lo mejor el presidente un poco más: como un director, o algo así.

No es posible que yo tenga que levantarme todos los días a las 5 de la mañana para salir a trabajar por un sueldo miserable y ellos van cada quince días, unas horitas, y ganan millonadas.

Por eso nunca me interesó la política: la hacen para ellos, para poder llevarse la guita laburando lo menos posible.

Y eran chorros los de antes y los de ahora también, ojo. Porque yo no me caso con nadie: ni con este gobierno, ni con el anterior.

Yo la veo a la piba esta que ayuda a mi señora en casa, pobre. Bueno, no es una piba, es una mujer, tiene como seis críos. Ni sé cómo hace para mantenerlos. El marido cobra un plan, creo. Y yo tengo que laburar como una mula toda la semana. Pero bueno, son inventos de los políticos, por eso los detesto: van creando pobres por acá y por allá. Y lo hacen con la plata de mis impuestos. Porque seguro que no van a sacar de sus bolsillos para pagarles los planes.

Después te piden que pagues el impuesto al cheque, a las ganancias, a quién sabe qué, todo para darle a esos que ni siquiera se levantan temprano como hice yo toda mi vida, para ganarme el pan de manera decente.

Yo no soy de izquierda ni de derecha. Con política y planes no vamos a ningún lado. A los vagos no se les puede estar regalando nuestro dinero. Que usen los impuestos para otras cosas: asfalto, cloacas, no sé…

¿Qué sigue? ¿Donarles todas nuestras cosas a los vagos? La piba que labura en casa ya me pidió un aumento otra vez. Sí, esa misma que tiene un marido que cobra un plan. Ya me había pedido aumento el año pasado. Porque dice que “le corresponde”, que la ley, que no sé qué. ¿Lo peor de todo? Parece que le estuvo comiendo el coco a mi mujer para que la ponga en blanco.

Por cosas como ésta es que no me interesa la política».

Para los antiguos griegos, la participación política era indispensable para confirmar la condición de ciudadano.

La palabra «idiota», originalmente, no se consideraba un insulto, sino que se refería a una persona común, a diferencia del que participaba de la discusión referente a los intereses públicos.

Aristóteles sostenía que un idiota era aquel cuya vida privada era su única preocupación, alguien que no tomaba iniciativa en política.

Pericles, militar ateniense, en el discurso fúnebre que pronunció en honor de los caídos en la guerra del Peloponeso, expuso la necesidad de poner los intereses comunitarios por sobre los individuales. Quien no contribuía en los debates políticos, según Pericles, era considerado «no como falto de ambición sino como absolutamente inútil”.

Luego el término «idiota» pasó a tener una carga peyorativa y hasta considerarse una deficiencia intelectual, pero lo cierto es que se refiere a aquel que sólo piensa en si mismo y no en el bien común.

Para Cicerón, el ciudadano común tiene un papel fundamental en la preservación del bienestar de la República («res publica», la cosa pública) a través de su participación activa en la vida política y social. En su concepción, la República no es solo un conjunto de leyes o instituciones, sino una «comunidad de ciudadanos» unidos por un compromiso con el bien común. Este bien común se sostiene mediante la práctica de las «virtudes cívicas», que son esenciales para el mantenimiento de la justicia, el orden y la estabilidad del Estado.

1. «Participación activa»: Cicerón cree que todo ciudadano, independientemente de su posición social, debe participar en la vida pública, ya sea contribuyendo con su voto, su opinión o su servicio a la comunidad. Al involucrarse, los ciudadanos ayudan a mantener el equilibrio y evitar la corrupción o los excesos en el gobierno.

2. «Virtudes cívicas»: Las virtudes como la justicia, la templanza, el coraje y la prudencia son esenciales para que el ciudadano común cumpla su papel en la república. Según Cicerón, un Estado no puede ser justo si sus ciudadanos no son virtuosos. Estas virtudes permiten que los ciudadanos pongan el interés general por encima del interés personal y actúen en función del bien común, no solo en beneficio propio.

3. «El papel de la educación moral»: Para Cicerón, la educación en las virtudes cívicas es clave. Los ciudadanos deben ser educados desde jóvenes en la moral y los principios que rigen la república, para que puedan reconocer la importancia de la justicia y la equidad en la vida pública. Un ciudadano virtuoso es alguien que actúa con rectitud y responsabilidad, respetando las leyes y contribuyendo a la paz y el orden social.

4. «Preservación del bien común y estabilidad del Estado»: Las virtudes cívicas son el cemento que une a la comunidad y garantiza que la república no se vea dividida por intereses egoístas o facciones internas. Si los ciudadanos son justos y moderados, el Estado permanece estable, ya que la justicia y la equidad prevalecen en las decisiones políticas. Por el contrario, cuando las virtudes decaen, la república corre el riesgo de caer en la corrupción, la anarquía o la tiranía.

En resumen, para Cicerón, el ciudadano común contribuye al bienestar de la república no sólo a través de su participación activa, sino también practicando las virtudes cívicas que aseguran el respeto al bien común y la estabilidad del Estado. Sólo una ciudadanía virtuosa puede sostener una república fuerte y justa.

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